Dakar, los ricos compiten, los pobres se divierten

 

Participar en una competición como la que ideó Thierry Sabine hace más de treinta años, después de que el motero francés se perdiera en el desierto del Teneré, aportaba a los participantes el atractivo de participar en el más duro del mundo y formar parte de una gran aventura colectiva que comenzaba en las calles de Paris y daba su autentica medida una vez que se adentraba en África. Espíritu que se mantuvo durante las primeras ediciones

Sabine, quiso trasladar su experiencia, perderse y sufrir la soledad del desierto, a un modelo de competición inédito, único, sin apenas organización, para pilotos aficionados y todo tipo de vehículos a la que acudían mayoritariamente franceses, con un 4L o con una Vespa. Lo importante era participar, llegar, convivir, el resultado era testimonial en relación con la grandeza de la aventura que mantuvo este “espíritu” durante las primeras ediciones

La pureza inicial se acabó con la aparición de equipos oficiales, que prácticamente “compraban” la competición para sus pilotos reciclados del mundial de rallyes: con Vatanen y kankkunnen. Citroen con Lartigue. con Auriol, Bruno Saby, Shinozuka etc. Se convirtieron en los jeques de Niger, Argelia, Mali, Mauritania y Senegal y los héroes de dejaron de ser anónimos.

A partir de entonces todo cambió. Se acabó la competición y la diferencia era tan abrumadora entre el equipo oficial que “dominaba” la competición y el resto, que… tenían que inventarse historias como el robo del coche de Vatanen de un parque cerrado en Malí, decidir el ganador echando Jean Todt una moneda al aire, o convertir a la familia real de Mónaco en pilotos de todo a cien.

Es más, se frenaba la marcha de los coches oficiales para que intentar que las clasificaciones no señalaran diferencias abismales y mantener el engaño de cara a medios de comunicación y aficionados que seguían la carrera desde Europa. Tanto, que los coches oficiales solo aceleraban cuando el helicóptero se aproximaba para grabar las imágenes que después se trasladaban a los informativos.

Lo único que nos permite reencontrarnos con la autentica aventura es la cantidad de personas que han perdido la vida en torno a esta mal llamada carrera. Casi cuarenta fallecidos, fundamentalmente pilotos de motos, copilotos de coches y espectadores atropellados. Casi nunca los favoritos, solo los anónimos. El mismo creador de la prueba falleció en la edición de 1986.

A estas alturas ya nada cambia. El es una carrera para dos y una carísima diversión para el resto. Organizada por franceses, preparada para que ganen los franceses y dominada por franceses, que suman 44 triunfos entre coches y motos y dejan algo de calderilla a repartir entre: españoles, italianos, rusos, finlandeses, japoneses… asegurándose, así, el seguimiento en estos países.

Nada queda del espíritu inicial en una carrera que está en poder de las marcas y a la que no optan, ni se les ve en las imágenes, ni se les espera, el resto de particulares que engordan, con su inversión, su ilusión, su sacrificio y su esfuerzo, la Grandeur de la France.

Los pilotos de motos juegan en otra liga. Esos si están cercanos a la verdad. Chapeau para los motoristas.

Pepe Martínez

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